Yo nunca soñé con querer ser adulta.
Cuando era pequeña y me preguntaban qué quería ser de grande, siempre quería responder: yo no quiero ser grande. Algo dentro de mí sabía que el mundo no era fácil. Había algo en el mundo de los adultos que me generaba rechazo, incluso miedo. Toda la vida me han dicho que soy una niña con mucha imaginación. Y también siempre he sabido que eso es algo positivo: que la imaginación, mi imaginación, es un regalo grandísimo.
Creo que mi deseo de quedarme pequeña para siempre tiene que ver con todo aquello que recuerdo de la infancia y que, en contraste, veía desaparecer en la vida de los adultos: los cuentos, las historias, las leyendas, todas esas cosas que se sentían reales, importantes, viscerales. Esa mirada genuina sobre el mundo que tienen los niños. Siempre he sentido que esa mirada estaba ahí por alguna razón. Creo que no hay forma de sentirse más humano que siendo niño. Si tuviera que explicar el punto de partida de mi práctica como artista, diría que es simplemente una necesidad: un puente y también unas ganas de permanecer un poco más en ese estado imaginativo de posibilidades y fantasías.
El principal sujeto de investigación de mi práctica artística soy yo misma. El autorretrato es una herramienta que considero profundamente poderosa para el autoconocimiento. Y el autorretrato, sobre todo siendo una mujer, toma una dimensión diferente, casi paradójica: ser mi propia musa y mi propia pintora, ser musa y ser pintora al mismo tiempo, es desafiar los límites de lo posible. De lo posible para una persona como yo: una persona que nació mujer, que nació latinoamericana, que nació queer, que nació obsesivo-compulsiva.
Para mí, ser mujer también significa haber aprendido desde muy temprano que somos a quienes se nos atribuye el rol de cuidar el mundo; sanarlo. Vi a mi mamá, a mis tías, a mis abuelas desvivirse por la familia y por las personas que tenían a su alrededor, cuidando siempre a los demás por encima de sí mismas. Nacer y crecer siendo mujer y siendo latina es nacer sabiendo que una no puede confiar completamente en el mundo. Es crecer sabiendo que una puede no sentirse segura ni en el mundo ni en el propio cuerpo.
Con el tiempo aprendí también que aquella imaginación que tanto se me celebraba de niña podía transformarse en una relación complicada con mi propia mente, con mi propio cerebro. Esa relación he podido explorarla de una forma dulce y sana, principalmente gracias a la pintura. El arte es mi forma de oponerme a aquello que no me gusta de mí y a aquello que no me gusta del mundo. Si hay algo que he aprendido observando a los grandes artistas y a las grandes personas que admiro y respeto, es que, en los tiempos oscuros y difíciles, las personas sensibles acuden a la poesía.
Yo quiero ser una persona que acude a la poesía. Quiero confiar en la poesía.
Yo pinto el mundo que quisiera ver, que quisiera habitar, que quisiera compartir con las personas que amo.
La pintura me ha obligado a dirigir la mirada —mi mirada física, la de mis ojos, pero también la mirada interior, la del corazón, la del alma— hacia aquellas cosas que hacen que me sienta afortunada de cada respiro, de cada momento, de cada minuto que paso viviendo en este planeta. Lo primero que me viene a la mente pensando en todo esto es, naturalmente, la naturaleza.
Mi relación con la naturaleza es una relación de humildad profunda, de agradecimiento infinito, de poder simplemente coexistir con tanta grandiosidad. Dentro de la naturaleza incluyo a todos los seres vivos, a los animales y también a todos aquellos seres que percibo y que invito a mi mundo personal: los ángeles, las hadas, todo lo que vuela, todos los seres con alas, los pájaros, las mariposas. Los seres que acarician el cielo son seres que entienden que la distancia permite ver las cosas con claridad.
Las personas vivimos en un mundo de estaciones, donde los colores cambian y la tierra se viste periódicamente de diferentes tonos. Desde que vivo en Europa y he podido experimentar esas estaciones, ese cambio tan brusco de ánimo, de temperatura, de colores, he aprendido que existen estaciones exteriores y también estaciones interiores.
En ese proceso de aprender a confiar en el mundo entendí que el eje principal de mi práctica artística es la búsqueda del color.
Color vivo. Color que respira.
La pintura es intimidad.
La vida del pintor muchas veces es una vida solitaria. Pero las búsquedas que suceden en el estudio, en comunicación constante con mis libros, con los pintores del pasado y con los del presente, me han hecho descubrir una nueva dimensión de la intimidad: una intimidad que percibo como un derecho humano básico.
La pintura es un portal hacia aquel hogar en el mundo que todavía no he encontrado, pero que sé que está ahí, esperándome en algún rincón de mi cabeza.
Pintar los paisajes de mi memoria y de mi infancia es una forma de honrar conscientemente el lugar del que vengo. Pintar es mi forma de sentirme segura en el mundo. Es mi intento más honesto de sentir la libertad, de conectar con la energía de mis manos y de buscar crear algo de orden dentro del caos del universo.
Creo que existe una necesidad profundamente humana de sentir que podemos tomar el control sobre algunas pequeñas cosas.
Para mí, eso es lo que me da y me regala la pintura.
Me permite amarme y amar la vida.
A veces siento que estoy haciendo trampa en la vida, que descubrí algo tan mágico y especial que me hace sentir correcta.
Por eso creo que pintar es, para mí, la reacción más normal y más sana a la vida.